jueves, 16 de diciembre de 2010

Muchos males, una sola causa

Crisis económica, debilitamiento de la sociedad civil, fracaso escolar, falta de competitividad. Son solo algunos ejemplos de los problemas que acucian a España. Podemos dar mil vueltas sobre las causas de cada uno de ellos, sin embargo cada vez es más evidente que debajo de todas las que se nos puedan ocurrir subyace un mal endémico del que es casi imposible zafarse: los partidos políticos. Ya podemos estar a un paso de ser intervenidos por la UE y el FMI, ya pueden cerrarse cada día cientos de empresas, ya podemos estar ante la primera generación de la historia que va a vivir peor que la de sus padres, que nada va a hacerse desde el poder para acabar con todo esto si no conviene a la estrategia política de turno. Esto es una obviedad, estando dentro del sistema no sorprende a nadie que sea así, pero ésta no se parece en nada a la democracia que compramos en 1975.
Los partidos nacen para canalizar la representación democrática y aportar la infraestructura material e ideológica necesaria para soportar un proceso electoral de forma más o menos satisfactoria. Son una institución generalizada allí donde hay democracia; no obstante, es en los países de la Europa continental donde desde su nacimiento han ostentado un poder mayor, contrarrestado de forma bastante deficiente mediante una suerte de funcionamiento democrático asimilable al sistema que los había generado. En España, la Constitución de 1978 dedica su artículo 6 a institucionalizarlos como herramienta mediatizadora imprescindible de la representación política, exigiendo su funcionamiento democrático.

Con el paso de las décadas, esta democracia de partidos ha pasado a convertirse en una democracia de candidatos, -fundamentalmente por el impacto de los medios de comunicación de masas y la epectacularización de la política en general-, candidatos que se han arrogado el control absoluto de sus partidos convirtiéndolos en verdaderas castas presididas por reglas propias de regímenes pasados y fagocitando la disensión interna. El problema es que esta situación se concibe como algo natural y cada vez que un partido vive algún tipo de debate interno, los medios de comunicación se lanzan contra él al grito de "crisis interna" o "crisis de liderazgo", del mismo modo que se ensalza la capacidad de aquel líder que consigue mantener a raya a los suyos dentro de una supuestamente positiva "paz interna." El micromundo político-mediático se ha asentado en este statu quo, que resulta perfecto para ambos agentes, pero deja al margen al ciudadano. Y esta es la tragedia, que se revela más sangrante en tiempos de desestructuración social y calamidad económica como la actual.

La política como profesión, parafraseando el título del visionario libro de Max Weber, es el elemento identificador de esta democracia controlada por los partidos y hurtada a los ciudadanos, incompatible con la conciencia de servicio público que debería regir en todos los casos. Es más, quien pretenda acercarse a la actividad política con la honestidad y la vocación puramente representativa como banderas acabará siempre desilusionándose ante un sistema inmóvil y viciado del que no se puede salir. Las buenas intenciones se convierten en papel mojado ante la siempre última necesidad de integrarse en proyectos generados de arriba abajo o de abajo arriba, pero que en todo caso acaban rigiéndose de un modo autoritario y piramidal y que pierden su espíritu fundacional en cuanto tocan (o prevén tocar) las instituciones.

La solución es sencilla: dinamitar el poder que hemos conferido a los partidos; desde acabar con las vergonzosas subvenciones que se cargan cada año a los Presupuestos del Estado en su favor hasta hurtarles la omnímoda facultad de confeccionar listas cerradas que obligan a los votantes a aceptar al cien por cien lo decidido por una cúpula de poder en base a criterios de lealtad con el líder y no de capacidad de gestión y de preparación. El objetivo es devolver al ciudadano el control sobre sus representantes políticos y a los políticos el margen autónomo de maniobra que les permita cumplir con los compromisos adquiridos con sus electores y rendir cuentas única y exclusivamente ante ellos. Las listas abiertas y desbloqueadas son imprescindibles para acabar con esta frustrante partitocracia, al igual que la reformulación del sistema electoral, regresando al muchas veces considerado injusto pero simplificado y mucho menos viciado sistema de representación mayoritaria: una circunscripción, un representante. Con medidas de este tipo, se generalizaría la figura del independiente, candidato que decide no adscribirse a ningún partido y que está en las mismas condiciones de resultar electo siempre que consiga la confianza de los electores de su circuscripción, basada en su compromiso, credibilidad y sensibilidad colectiva.

Pero no interesa cambiar el sistema, sería un verdadero harakiri por parte de la casta política. No obstante, los ciudadanos debemos concienciarnos de que el verdadero origen de los males que recorren España de norte a sur (o por lo menos de la falta de soluciones plenas a los mismos) no es otro que la existencia de unos actores que lo último que les ocupa y les preocupa es solucionarlos. Es precisa una movilización ciudadana organizada en entidades distintas a los partidos políticos que aúne la frustración de todos aquellos ciudadanos que en cada oleada del CIS sitúan a los políticos como una de sus principales preocupaciones y que no votan o que votan en blanco porque creen que todas las opciones que encuentran en el colegio electoral, digan lo que digan en campaña, acaban comportándose como estructuras jerarquizadas alrededor de un grupúsculo que tiene el control absoluto y que desea alcanzar el poder para seguir haciendo en lo sustancial lo mismo que sus predecesores.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Cataluña y el sexo

Los que se presentaban como unos comicios más o menos apasionantes están resutando de lo más previsibles. La proliferación de partidos que acuden a las próximas elecciones del 28 de noviembre al Parlamento de Cataluña parecía que iba a ser el acicate de todo demócrata para ilusionarse por las urnas, pero nada más lejos de la realidad. Muchos candidatos, muchos partidos, muchos eslóganes, pero estimaciones de abstención por las nubes. Duras polémicas, lenguaje mitinero, intentos de movilización, pero cerca de la mitad de los catalanes siente que todo esto no va con ellos.



También es cierto que el resultado es tan obvio e irreconducible que deja poco márgen de maniobra. Un Montilla derrotado desde hace meses (por no decir desde el principio de su mandato) debe estar deseando que acabe este suplicio y poder volver a casa con esa mujer que tanto le quiere, como se encargó de demostrar en La Noria en un intento de humanización del candidato del PSC. En la otra orilla, Artur Mas se sabe ganador y no puede reprimirlo; por tanto, ve la campaña como un mero y pesado trámite para conseguir la presidencia de la Generalitat siete años después de intentarlo por primera vez.


Los demás simplemente buscan notoriedad. Esquerra y el PPC son como el tiburón de discoteca que busca ganar puntos a lo largo de la noche con la chica más popular del lugar de cara a llevársela a la cama cuando necesite cariño de última hora. Iniciativa, a lo suyo, a lo de siempre, siendo consciente de que solo mediante la hoy imposible fórmula del tripartito puede tocar poder. Ciudadanos, resurgiendo de sus cenizas cual ave fénix con un perseverante Albert Rivera, cada vez más introducido en la casta política catalana, para bien o para mal. Laporta (SI), Carretero (Reagrupament), Anglada (Plataforma por Cataluña) y Nebrera (Alternativa de Govern) buscando lo imposible desde posiciones políticas excesivamente personalistas. Antonio Robles, de UPyD, en una encrucijada al disputarse con Rivera un electorado muy pequeño.



Con esto, en una suerte de maniobra a la desesperada, los estrategas de varios partidos han decidido recurrir a algo que siempre funciona en la sociedad española: el sexo. Sí señores, somos así de simples, es decir la palabra orgasmo y las redes sociales y los medios en general se revolucionan. Por un lado, el vídeo de los socialistas catalanes asociando votar a Montilla con una experiencia sensorial sin igual. Por otro, la ex popular Nebrera (que le disputó la presidencia del PPC a Alicia Croft) en toalla y presumiendo de su noche loca en un hotel de lujo. Sin olvidarnos de la instensa implicación de la estrella de variedades María Lapiedra en la campaña de Laporta; una contrastada independentista que no dudó en posar desnuda con los colores de la bandera de España tras la victoria del mundial. Como colofón, la única e irrepetible Carmen de Mairena (número 2 en las listas del CORI) dando mítines en la universidad pública demostrando que ella sí se quita la toalla, y lo que haga falta.


Cataluña empieza a parecerse a Italia demasiado. Será el Mediterráneo. Y es que cuando se juntan la demagogia, el populismo, el oportunismo político y el hartazgo de los ciudadanos de su clase política, la democracia pierde su esencia y la sociedad civil se vuelve cada vez más apática y retraida. En estos casos, el refugio siempre acaba siendo el sexo. Pero un polvo de una noche nunca soluciona los problemas.

viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Incoherencia o mal menor?

Monarquía o república, ésa es la cuestión, el eterno debate. Siempre lo he considerado totalmente accesorio, y más en tiempos de crisis. Es simbólico, pero no deja de ser un detalle nimio en la estructura del Estado dadas las escasísimas funciones (casi nulas) del nominativamente jefe del mismo. Sin embargo, un amigo cercano, liberal pero bastante más progresista que otra cosa, me reprochó hace pocos días que no podía presumir de liberal y demócrata y no dar la batalla en pro de una república en España. En un principio respondí a la provocación de mi interlocutor cuestionando cruelmente lo que recién había planteado, citando ejemplos como Reino Unido u Holanda, pero después me di cuenta de que era una cuestión compleja de la que no debía escapar.

La verdad es que SM Don Juan Carlos me cae simpático. Lo mismo me ocurre con el príncipe heredero y con su esposa (me confieso absolutamente letizista, será porque es periodista y los tiene bien puestos). En general, es una familia agradable y eso es fundamental en el hecho de que no molestan, no son excesivamente derrochones, no protagonizan escándalos fuera de lo normal. Son una parte más de la sociedad rosa española, como puedan ser la duquesa de Alba, Carmen de Bordiú o la Pantoja. Y se conciben más desde esa óptica que como los miembros de la familia del titular de la corona.


Además, el monarca simboliza, junto con la Constitución, la estabilidad institucional que hemos disfrutado en este país en los últimos 32 años, llevándose injustamente los méritos que pertenecen a toda una generación. No obstante, no ocurre absolutamente nada porque una persona (mejor dicho una institución encarnada en un individuo) se considere un símbolo tan valioso como la bandera o el himno, es más, creo que humaniza y pone una cara concreta a lo común.


De cualquier forma, un razonamiento frío y abstracto impide a todo liberal admitir que una familia goce de cualquier tipo de privilegios frente al resto y a todo demócrata soportar que la primera magistratura del Estado no pueda ser electiva mediante la libre expresión de la soberanía nacional. De esto no cabe duda. Además, es ridículo apelar a la tradición para defender la monarquía en España, puesto que la inestabilidad ha sido la tónica dominante de nuestra historia reciente, y aunque los dos intentos republicanos fueron un absoluto fracaso, los períodos monárquicos tampoco consiguieron consolidarse ni dar lugar lentamente a un proceso democratizador comparable al inglés. Nuestra monarquía actual es especial, coyuntural, y como tal, podría ser revisada.


Pongámonos en el hipotético caso en el que se hiciera una reforma mínima y conservadora que simplemente sustituyera la figura del Rey por la de un Presidente de la República, con sus mismas funciones y elegido mediante un procedimiento cual sea de democracia directa u indirecta. A priori se habrían superado los problemas de legitimidad democrática arriba indicados, pero a mi parecer, se habría creado innecesariamente otro de gran calado.


La sociedad española está, y probablemente seguirá estando por un tiempo, absolutamente polarizada, entre izquierda y derecha, entre fuerzas centrípetas y fuerzas centrífugas. Incluir en la gresca política a una institución llamada a poner la guinda que represente a todos, también en el exterior, solo provocaría un considerable aumento de la crispación política, así como un escenario perfecto para posibles crisis institucionales al estilo de la italiana.


La figura del monarca, con todas sus imperfecciones, anacronismos y críticas imaginables, soluciona este problema de forma temporal y nos permite centrarnos en aspectos mucho más importantes para la sostenibilidad de la nación y el bienestar de los ciudadanos. Se puede constatar en reiteradas encuestas del CIS que la corona es una de las instituciones más valoradas por los ciudadanos, la mayoría no duda de que el actual Rey está cumpliendo con sus funciones de una forma buena o muy buena. Lo mismo ocurre con el Príncipe de Asturias, quien ha dedicado su vida para ser Rey y ha demostrado suficientemente que está preparado para serlo en cualquier momento. Siguientes líneas sucesorias quedan demasiado lejos para entrar en hacer cábalas al respecto.


Por tanto: sí, es muy importante que una sociedad liberal no permita ningún tipo de privilegios otorgados por el Estado. Sin embargo, para conseguir este desiderátum habría que hacer una reforma de tal calado que sólo afrontaría otra España. La actual, la de Belén Esteban y Enric Sopena, el alcalde de Valladolid, Intereconomía y Pepiño, desde luego no. Además, me niego a defender una república tristemente asociada a ideologías totalitarias de izquierda y que hoy sólo pone sobre la mesa (bueno, sólo la de Público) ese grupúsculo anárquico que el polémico, pero muy agudo Federico Jiménez Losantos llama con no poca mala leche "Izquierda Hundida." No obstante, sin dogmatismos ni complejos, debemos todos fomentar este debate de monarquía o república en la sociedad civil, de forma que si algún día existe un clamor popular innegable y mayoritario ante una mala administración del Rey de sus funciones o cualquier otra eventualidad, seamos los ciudadanos y no los políticos quienes decidamos prescindir de él. De momento, yo solo puedo decir ¡viva Letizia!