martes, 24 de agosto de 2010

Representantes más representativos

Hoy no hablaré de ningún tema de actualidad. Me apetece comentar/criticar el actual sistema de representación política y terminaré bosquejando una posibilidad que, a mi parecer, conseguiría dignificar y sanear la relación representante-representado sobre la que se funda la democracia, por lo menos sobre el papel. Pura utopía, lo sé, pero ¿qué más da?

En teoría, los señores que se sientan en el Congreso y en el Senado (y en los Parlamentos autonómicos y en los Ayuntamientos) son nuestros representantes. Tomando el símil civilista, los resultados electorales serían el contrato de representación, de duración limitada a cuatro años. Las cláusulas de ese acuerdo serían las del programa electoral. Los diputados y senadores sólo se deberían limitar a cumplir lo que prometieron en su contrato con los ciudadanos, más bien con los electores que les dieron su confianza.

La subversión del sistema viene con la existencia de los partidos políticos, útiles, pero que mediatizan todo el proceso. Con las circunscripciones grandes y las listas cerradas, el apoyo ya no se da a personas-representantes, capacitadas para defender nuestros intereses, sino a burocracias partidistas. Por no hablar del posterior injusto reparto de los escaños. Con esto, aunque lo llamemos democracia, en puridad no lo es. Se ha perdido el origen contractual de un sistema representativo que desde las revoluciones burguesas se ha revelado como el único viable en sociedades avanzadas y prósperas.

Para revertir esta deriva, y de paso reconciliar a los ciudadanos con la política, la cercanía entre representante y representados es la solución. Los distritos unipersonales propios del sistema mayoritario inglés o del utilizado para la elección de los congresistas norteamericanos son un buen referente, máxime cuando es constatable el menor poder de los aparatos de los partidos en el mundo anglosajón. Lo ideal es que en un pequeño territorio, una comarca en zonas poco pobladas o un barrio en las grandes ciudades, se elija a un representante entre sus vecinos y éste acuda a Madrid sabiendo que se debe a éstos y que defiende sus intereses. Necesitaría trabajarse a su electorado día a día, en lugar de perderse en el establishment madrileño. Sin duda, se necesitaría el apoyo de un partido para hacer frente a los gastos de campaña, pero el representante siempre debería bascular a favor de sus electores frente a sus ataduras de partido. La lógica es sencilla a la par que justa, el que más votos obtenga es el legitimado para representar a esa pequeña circunscripción.


Con este sistema, los políticos estarían más cerca de las preocupaciones ciudadanas, al tiempo que los votantes verían como su voto es decisivo. Ciertamente se podrían reservar un número de escaños para elegir representantes a nivel nacional para conjugar intereses locales y nacionales, pero un número reducido, sin duda. Todo esto sería aplicable a las elecciones al Congreso, a los parlamentos autonómicos y para los Ayuntamientos en grandes municipios. Para el Senado, el sistema del U.S. Senate es el más adecuado para el modelo de estado federal igualitario que propongo: dos representantes para cada territorio (Estado, Comunidad Autónoma o como queramos llamarlos), sea cual sea su población.

No obstante, todas esta propuestas son un brindis al sol en esta democracia cada vez más opaca, oligárquica e inepta. Pero quién sabe. Por lo pronto, políticos como Bono o Rosa Díez defienden reformas más o menos orientadas en este sentido. Seamos rebeldes al votar, que la utopía a veces se convierte en realidad.

martes, 17 de agosto de 2010

De nuestros reductos coloniales

Que existan Melilla, Ceuta o Gibraltar no dejan de ser anomalías geográficas. Sin embargo, la historia es caprichosa y puede sobre la lógica y el sentido común. Para muestra, un botón: las islas Canarias, lejísimos de la península y en las que reina un sentimiento identitario equiparable a la mayoría del territorio nacional. Hecha esa excepción, Ceuta y Melilla son los dos últimos reductos de nuestro pasado colonial, desde el desastre del 98 con la pérdida de Cuba y Filipinas y la posterior desaparición del protectorado hispano-francés en el norte de África en la segunda mitad del siglo pasado. Anomalía en pleno siglo XXI, sí, pero son España.

En ellas existe una comunidad blanca y de religión mayoritariamente cristiana desde siempre, con estrechos lazos con Andalucía. No obstante, ello no ha impedido la multiculturalidad durante décadas: por ejemplo, tras el Partido Popular, en ambas ciudades existen fuertes coaliciones formadas fundamentalmente por musulmanes, aceptando las reglas democráticas de nuestro país e interactuando con el resto de partidos, que también integran a una gran cantidad de mahometanos, demostrando que la integración es la mejor fórmula de convivencia.

Pero en los últimos años, si unimos la crisis económica y la pujanza de la inmigración marroquí en todo el territorio español, observamos un enrarecimiento de la situación que es el que ha acabado propiciando los conflictos de los últimos días. De cualquier modo, me aventuro a asegurar que el verdadero pivote sobre el que gira todo esto no es sino una maniobra articulada por los servicios secretos marroquíes, muy lejos del sentimiento popular de la población del país vecino. Marruecos es un compañero incómodo para una democracia como la española, y aunque se deben mantener unas relaciones fluidas, no se debe mostrar debilidad ante él.

Lo más fuerte son las afirmaciones sexistas que han propinado contra las mujeres funcionarias miembros de las fuerzas de seguridad españolas. Pero lo peor es que existan polémicas que se desvíen del camino de condenar estos hechos y aplicar la mano dura que corresponda contra los agitadores que contravienen la legalidad vigente y crean el caos en nuestras fronteras. Eso no es ser autoritario o militarista, es cumplir con las funciones encomendadas a los agentes del orden. Cualquier otro Estado protegería sus fronteras con más contundencia que esta España renqueante. Aznar lo hizo en Perejil, y no era sino un islote sin importancia. La solución: primero, contundencia y legalidad; después, diplomacia.

Y es que Ceuta y Melilla son tan España como Madrid o Soria, y los ceutíes y melillenses merecen ser protegidos ante cualquier tipo de disturbios o desabastecimientos, que para eso pagan impuestos. De cualquier manera, el horizonte de esas ciudades dentro de España es bastante negro a largo plazo, pero contra la evolución demográfica y sociológica no podemos luchar. Sin embargo, contra la conspiración y la rebeldía, sí.

viernes, 6 de agosto de 2010

¡ETA kanpora!

"Buenas noches, ETA deja las armas definitivamente y sin condiciones." Sin duda esta es la noticia que todo periodista más desea dar y que (casi) todos deseamos escuchar. Pero, ¿hay alguna posibilidad de que esto suceda en un futuro próximo? La respuesta es compleja, pero parece que la situación actual es bastante más propicia que la de hace diez años. La actual política antiterrorista produce inquietudes, pero hay que reconocer al Gobierno su acertado cambio de rumbo desde que la banda rompió con muertos la última tregua. Hoy, ETA está más debilitada que nunca y algo se mueve en su seno para abandonar la vía armada, pero no debemos olvidar que siguen existiendo individuos que podrían cometer un atentado en cualquier momento.

La solución no está en el diálogo, puesto que el Estado de Derecho nunca debe ceder ante la barbarie. Sin embargo, es evidente que existen contactos entre altos mandos del Ministerio del Interior y del Gobierno vasco con representantes de la izquierda abertzale, pero eso no es reprochable, ya que tarde o temprano se convertirán en una fuerza política legal que defienda la independencia sin ambages como ERC lo hace en Cataluña. Lo relevante es que no se hagan cesiones condicionadas al fin de la violencia. Simplemente, hay que exigirlo, y hacerles ver que por la vía democrática se puede defender todo.

Es verdad que si ETA sigue existiendo es porque una parte importante de la población vasca o la apoya o simplemente puede soportar su existencia. La deslegitimación del terrorismo entre esta gente es el principio del fin de la banda. Se han dado pasos importantes, sin duda, como la estrecha colaboración de la Ertzaintza con la Policía y la Guardia Civil, impulsada por el magnífico Gobierno de Patxi López, pero es necesario ir más allá.

Hay que eliminar los llamados "muros de la vergüenza," de los que cuelgan en las plazas de los pueblos las fotos de los etarras encarcelados en una especie de adoración popular a los gudaris de la patria vasca. Hay que disolver los Ayuntamientos gobernados por ANV, o por lo menos evitar por todos los medios que se presenten a las próximas elecciones. Hay que dialogar con los partidos y coaliciones perfectamente legales y demócratas independentistas, como Aralar, que pueden recoger y canalizar eventualmente el voto abertzale. Hay que llevar a cabo políticas penitenciarias que fomenten la repulsa sincera al horror, sin beneficios injustificados ni por supuesto excarcelaciones. Hay que apoyar, es más, diría mimar, a las víctimas del terrorismo, frecuentemente olvidadas y que son el verdadero rostro de la barbarie.

Las cosas no pintan mal, aunque pueden torcerse si prevalecen intereses políticos antes que los de una nación que quiere dejar de ser la excepción por su foco de terrorismo interno. Es verdad que la reformulación territorial que ya he mantenido en algún otro post podría ayudar a mejorar la integración de Euskadi en el seno de España, fijando un verdadero Estado federal igualitario; no obstante el fin de ETA es el paso previo a cualquier reforma, a cualquiera. Y debe ser ya. No perdamos la oportunidad.

lunes, 2 de agosto de 2010

No siempre el diálogo

Quienes defendemos la democracia conocemos de sus imperfecciones, pero aún así soñamos con un mundo en el que todos los estados se organicen en un régimen de derechos y libertades. El mejor modo de propagar la democracia no puede ser la autoimposición por la fuerza, pero el método del diálogo, aunque atractivo, no es siempre eficaz.


Valga como ejemplo Cuba, donde un régimen despótico lleva más de cincuenta años atormentando a nuestros hermanos cubanos, y compatriotas hasta hace poco más de un siglo, no lo olvidemos. En los últimos días, Castro (Fidel, el de toda la vida) ha reaparecido diciendo que está en sus plenas facultades. Por otro lado, hoy mismo, su hermano Raúl se ha dirigido a la pantomima de congreso que instituyeron tras la Revolución diciendo que permitirá más libertades, eso sí, mediante las correspondientes licencias, en cuestiones trascendentales como el empleo. También ha hecho referencia a los presos políticos recientemente mandados al exilio. El régimen más vivo que nunca, pero "adaptándose a los tiempos."

Algunos verán esto como una señal inequívoca de aperturismo político, yo no me resigno a ello y lo considero frustrante. Una sociedad como la cubana, adormecida pero con un potencial enorme, no se merece esta lacra. Por eso, aunque en diplomacia deba dialogarse hasta con el mismísimo Belcebú, los estados democráticos deben ser contundentes con Cuba, igual que con Irán, Corea del Norte o cualquier estado que pase olímpicamente de los derechos humanos. Al final, el propio devenir económico y comercial les hará adaptarse a una realidad globalizada de la que eventualmente no pueden ser la excepción.

El diálogo está sobrevalorado como único instrumento de solución de conflictos. En ocasiones no se puede renunciar a los principios, se necesitan gestos de repulsa, tanto frente a estados totalitarios de cariz comunista o nacionalista. Pero permítanme que ponga el foco sobre Cuba, que fue nuestra última colonia y está hecha unos zorros.