Que existan Melilla, Ceuta o Gibraltar no dejan de ser anomalías geográficas. Sin embargo, la historia es caprichosa y puede sobre la lógica y el sentido común. Para muestra, un botón: las islas Canarias, lejísimos de la península y en las que reina un sentimiento identitario equiparable a la mayoría del territorio nacional. Hecha esa excepción, Ceuta y Melilla son los dos últimos reductos de nuestro pasado colonial, desde el desastre del 98 con la pérdida de Cuba y Filipinas y la posterior desaparición del protectorado hispano-francés en el norte de África en la segunda mitad del siglo pasado. Anomalía en pleno siglo XXI, sí, pero son España.
En ellas existe una comunidad blanca y de religión mayoritariamente cristiana desde siempre, con estrechos lazos con Andalucía. No obstante, ello no ha impedido la multiculturalidad durante décadas: por ejemplo, tras el Partido Popular, en ambas ciudades existen fuertes coaliciones formadas fundamentalmente por musulmanes, aceptando las reglas democráticas de nuestro país e interactuando con el resto de partidos, que también integran a una gran cantidad de mahometanos, demostrando que la integración es la mejor fórmula de convivencia.
Pero en los últimos años, si unimos la crisis económica y la pujanza de la inmigración marroquí en todo el territorio español, observamos un enrarecimiento de la situación que es el que ha acabado propiciando los conflictos de los últimos días. De cualquier modo, me aventuro a asegurar que el verdadero pivote sobre el que gira todo esto no es sino una maniobra articulada por los servicios secretos marroquíes, muy lejos del sentimiento popular de la población del país vecino. Marruecos es un compañero incómodo para una democracia como la española, y aunque se deben mantener unas relaciones fluidas, no se debe mostrar debilidad ante él.
Lo más fuerte son las afirmaciones sexistas que han propinado contra las mujeres funcionarias miembros de las fuerzas de seguridad españolas. Pero lo peor es que existan polémicas que se desvíen del camino de condenar estos hechos y aplicar la mano dura que corresponda contra los agitadores que contravienen la legalidad vigente y crean el caos en nuestras fronteras. Eso no es ser autoritario o militarista, es cumplir con las funciones encomendadas a los agentes del orden. Cualquier otro Estado protegería sus fronteras con más contundencia que esta España renqueante. Aznar lo hizo en Perejil, y no era sino un islote sin importancia. La solución: primero, contundencia y legalidad; después, diplomacia.
Y es que Ceuta y Melilla son tan España como Madrid o Soria, y los ceutíes y melillenses merecen ser protegidos ante cualquier tipo de disturbios o desabastecimientos, que para eso pagan impuestos. De cualquier manera, el horizonte de esas ciudades dentro de España es bastante negro a largo plazo, pero contra la evolución demográfica y sociológica no podemos luchar. Sin embargo, contra la conspiración y la rebeldía, sí.