lunes, 2 de agosto de 2010

No siempre el diálogo

Quienes defendemos la democracia conocemos de sus imperfecciones, pero aún así soñamos con un mundo en el que todos los estados se organicen en un régimen de derechos y libertades. El mejor modo de propagar la democracia no puede ser la autoimposición por la fuerza, pero el método del diálogo, aunque atractivo, no es siempre eficaz.


Valga como ejemplo Cuba, donde un régimen despótico lleva más de cincuenta años atormentando a nuestros hermanos cubanos, y compatriotas hasta hace poco más de un siglo, no lo olvidemos. En los últimos días, Castro (Fidel, el de toda la vida) ha reaparecido diciendo que está en sus plenas facultades. Por otro lado, hoy mismo, su hermano Raúl se ha dirigido a la pantomima de congreso que instituyeron tras la Revolución diciendo que permitirá más libertades, eso sí, mediante las correspondientes licencias, en cuestiones trascendentales como el empleo. También ha hecho referencia a los presos políticos recientemente mandados al exilio. El régimen más vivo que nunca, pero "adaptándose a los tiempos."

Algunos verán esto como una señal inequívoca de aperturismo político, yo no me resigno a ello y lo considero frustrante. Una sociedad como la cubana, adormecida pero con un potencial enorme, no se merece esta lacra. Por eso, aunque en diplomacia deba dialogarse hasta con el mismísimo Belcebú, los estados democráticos deben ser contundentes con Cuba, igual que con Irán, Corea del Norte o cualquier estado que pase olímpicamente de los derechos humanos. Al final, el propio devenir económico y comercial les hará adaptarse a una realidad globalizada de la que eventualmente no pueden ser la excepción.

El diálogo está sobrevalorado como único instrumento de solución de conflictos. En ocasiones no se puede renunciar a los principios, se necesitan gestos de repulsa, tanto frente a estados totalitarios de cariz comunista o nacionalista. Pero permítanme que ponga el foco sobre Cuba, que fue nuestra última colonia y está hecha unos zorros.

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