miércoles, 21 de julio de 2010

Españoles de tercera

Y ni de primera ni de segunda. Hoy me siento un español de tercera, en mi condición de riojano y procedente de una familia de clase media emprendedora. Por mucho que nos desgañitemos todos en debates estériles sobre si España es una nación o doscientas veinte, discutiendo sobre los derechos del pueblo catalán o el getafense, el verdadero problema de España hoy es que existen categorías de ciudadanos, la igualdad formal o ante la ley (nótese esta precisión, la igualdad material no me interesa) es una entelequia.

Por un lado, estas diferencias se dan por un sistema político corrupto que crea desigualdades por el mero hecho de residir en uno u otro territorio. Obsérvense un ejemplo: si una empresa desea establecerse en la orilla riojana del Ebro, pagará los impuestos regulares de la Hacienda estatal; sin embargo, cruzando el río, la legislación foral alavesa basada en el concierto económico vasco impondrá unos tributos diferentes (y que casualidad, inferiores), lo que supone una situación inaceptable en lo que supuestamente debe ser un “mercado único de libre competecia.” Las empresas riojanas (y cántabras y castellanas) se ven abocadas a trasladarse a territorio foral en un acto de inteligencia empresarial, pero dentro de un sistema injusto. Y es que, ¿para qué tenemos miles de funcionarios en Bruselas velando por un mercado único europeo si ni siquiera éste existe en España?

El problema es la indefinición. O igualdad entre todos los españoles en cuestiones trascendentales que afectan al bolsillo o independencia. Desde luego con esta solución se solventarían estos problemas: dos estados distintos, dos Haciendas que nos roben. Pero mientras compartamos el mismo Estado, yo no tengo por qué aguantar que mi vecino vasco o navarro pague menos impuestos que yo recibiendo las mismas prestaciones. La dialéctica pasa por soportar una independencia financiera de determinados territorios (Cataluña está próxima a conseguir algo parecido al convenio vasco) con tal de mantenernos unidos o plantar las cartas sobre la mesa y decidir entre secesión o uniformidad en el tratamiento fiscal de todos los “ciudadanos del Estado español.” A mi personalmente no me causa ningún problema la independecia de Euskadi o Cataluña si es la única vía para terminar con estos privilegios entre españoles.

Al márgen de la tan manida cuestión territorial, hoy me siento un español de tercera por culpa de una sociedad anestesiada mediante inyecciones de subsidios y subvenciones. Hoy todos quieren ser funcionarios (muchos inútiles y chupasangre del Estado, y por ende del contribuyente), o peor, fingir ser lo más pobres posibles, o discapacitados, o dependientes, para cazar al vuelo unos euros que les permitan vivir haciendo lo mínimo posible. Mención específica a los de profesión-parados o trabajadores de sectores que sólo subsisten por la subvención (cine, agricultura, etc.) Mientras tanto, la clase media emprendedora, que cree que el sector privado es el único que crea bienestar se ve frita a impuestos, debe pagar indemnizaciones estratosféricas por despedir inevitablemente a sus trabajadores y encima, observa cómo peligran sus pensiones, aquellas para las que ha ido cotizando religiosamente durante décadas.

Sin duda, hoy en España no se puede ser liberal y militar en ello, es sencillamente estúpido, es ir contracorriente y en perjuicio de los intereses de uno mismo. En esta sociedad adormecida nada vale la iniciativa privada y la ilusión por crear un modesto negocio que pueda ir medrando y proporcionando bienestar a generaciones, puesto que la intervención de papa Estado lo acabará haciendo insostenible. Lo mejor: chupar de la caja común lo más posible, desde las becas de guardería hasta la pensión de jubilación, pasando por el subsidio de paro. ¿Para qué matarse a trabajar si gano casi lo mismo en el paro y calentando el sofá todo el día?

Cuestiones muy distintas, pero que suscitan un problema común: existen varias categorías de ciudadanos, como clases de pasajeros en el Titanic. Por supuesto, ser emprendor te sitúa en “tercera,” junto a Leonardo Di Caprio, y si encima eres madrileño, cántabro o riojano, no te salvas de dormir entre cucarachas. Sin embargo, si eres agricultor andaluz (por aquello del PER), funcionario, controlador aéreo, empresario vasco, liberado sindical o conductor del Metro de Madrid, seguro que disfrutas de las mejores vistas junto a Kate Winslet y su madre, aquella señora tan rancia.

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