Hoy no hablaré de ningún tema de actualidad. Me apetece comentar/criticar el actual sistema de representación política y terminaré bosquejando una posibilidad que, a mi parecer, conseguiría dignificar y sanear la relación representante-representado sobre la que se funda la democracia, por lo menos sobre el papel. Pura utopía, lo sé, pero ¿qué más da?
En teoría, los señores que se sientan en el Congreso y en el Senado (y en los Parlamentos autonómicos y en los Ayuntamientos) son nuestros representantes. Tomando el símil civilista, los resultados electorales serían el contrato de representación, de duración limitada a cuatro años. Las cláusulas de ese acuerdo serían las del programa electoral. Los diputados y senadores sólo se deberían limitar a cumplir lo que prometieron en su contrato con los ciudadanos, más bien con los electores que les dieron su confianza.

En teoría, los señores que se sientan en el Congreso y en el Senado (y en los Parlamentos autonómicos y en los Ayuntamientos) son nuestros representantes. Tomando el símil civilista, los resultados electorales serían el contrato de representación, de duración limitada a cuatro años. Las cláusulas de ese acuerdo serían las del programa electoral. Los diputados y senadores sólo se deberían limitar a cumplir lo que prometieron en su contrato con los ciudadanos, más bien con los electores que les dieron su confianza.La subversión del sistema viene con la existencia de los partidos políticos, útiles, pero que mediatizan todo el proceso. Con las circunscripciones grandes y las listas cerradas, el apoyo ya no se da a personas-representantes, capacitadas para defender nuestros intereses, sino a burocracias partidistas. Por no hablar del posterior injusto reparto de los escaños. Con esto, aunque lo llamemos democracia, en puridad no lo es. Se ha perdido el origen contractual de un sistema representativo que desde las revoluciones burguesas se ha revelado como el único viable en sociedades avanzadas y prósperas.
Para revertir esta deriva, y de paso reconciliar a los ciudadanos con la política, la cercanía entre representante y representados es la solución. Los distritos unipersonales propios del sistema mayoritario inglés o del utilizado para la elección de los congresistas norteamericanos son un buen referente, máxime cuando es constatable el menor poder de los aparatos de los partidos en el mundo anglosajón. Lo ideal es que en un pequeño territorio, una comarca en zonas poco pobladas o un barrio en las grandes ciudades, se elija a un representante entre sus vecinos y éste acuda a Madrid sabiendo que se debe a éstos y que defiende sus intereses. Necesitaría trabajarse a su electorado día a día, en lugar de perderse en el establishment madrileño. Sin duda, se necesitaría el apoyo de un partido para hacer frente a los gastos de campaña, pero el representante siempre debería bascular a favor de sus electores frente a sus ataduras de partido. La lógica es sencilla a la par que justa, el que más votos obtenga es el legitimado para representar a esa pequeña circunscripción.

Con este sistema, los políticos estarían más cerca de las preocupaciones ciudadanas, al tiempo que los votantes verían como su voto es decisivo. Ciertamente se podrían reservar un número de escaños para elegir representantes a nivel nacional para conjugar intereses locales y nacionales, pero un número reducido, sin duda. Todo esto sería aplicable a las elecciones al Congreso, a los parlamentos autonómicos y para los Ayuntamientos en grandes municipios. Para el Senado, el sistema del U.S. Senate es el más adecuado para el modelo de estado federal igualitario que propongo: dos representantes para cada territorio (Estado, Comunidad Autónoma o como queramos llamarlos), sea cual sea su población.
No obstante, todas esta propuestas son un brindis al sol en esta democracia cada vez más opaca, oligárquica e inepta. Pero quién sabe. Por lo pronto, políticos como Bono o Rosa Díez defienden reformas más o menos orientadas en este sentido. Seamos rebeldes al votar, que la utopía a veces se convierte en realidad.
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