La izquierda está en crisis en Europa. Ni la reciente victoria ajustada de Sócrates en Portugal o la mayoría absoluta de antes de ayer de Papandreu en Grecia pueden contradecir este hecho. En mitad de la crisis del capitalismo y de las políticas neoliberales, el electorado prefiere a los conservadores para ocupar tareas de gobierno. Pero no a unos partidos de derechas haciendo políticas de derechas, sino a partidos de derechas haciendo políticas de izquierdas, intervencionistas o keynesianas. Esto es un sinsentido. ¿Así que la crisis que ha generado el modelo de libertad radical de mercado la van a solucionar los que hasta hace una semana eran abanderados de la no regulación, en una especie de conversión ideológica orientada a mantenerse en el poder? Y la izquierda, ¿se va a quedar de brazos cruzados mientras le roban el pan?
El modelo partidista de etiquetas ideológicas al que estamos acostumbrados se ha ido con la caída de Lehman Brothers en el fatídico otoño de 2008 y es probable que no vaya a regresar. Son las recetas socialdemócratas las que nos van a hacer salir del agujero y todo el mundo quiere apuntarse al carro de sus bondades, aunque para eso tenga que dejar de lado sus convicciones. El juego ideológico no está ya en el binomio intervencionismo-liberalismo, sino en delimitar el grado de intervención del Estado que conviene en cada momento. De esta manera ha de confluir la confrontación política tras la resaca de esta inmensa crisis económica, financiera y de empleo, pero también social, de valores e institucional.
El liberalismo social surge como la lección de un tiempo turbulento. Nadie en su sano juicio puede estar hoy por hoy por la desregulación absoluta del mercado, pero no debemos engañarnos con cantos de sirena de quienes creen que el Estado debe proveernos de todo, aunque cueste un endeudamiento tremendo que terminarán de pagar nuestros nietos o una subida de impuestos que no viene a cuento. El individuo, la persona privada, la sociedad civil son el centro de la sociedad, el Estado no está sino a su servicio y debe presuponerle (al individuo) la mayoría de edad, debe dejar de comportarse como un padre protector y controlador en todo momento. Eso no quita para que existan los necesarios (pocos o muchos) mecanismos de control, de fomento de la igualdad en el origen y de dirección social convenientes que impidan otra crisis de estas magnitudes. Hay que flexibilizar el mercado laboral, hay que bajar impuestos a las pequeñas y medianas empresas y a la clase media, hay que fomentar el consumo, y sólo así conseguiremos nuestro objetivo de proteger a los que no tienen nada, proporcionándoles empleo en un país con una economía próspera y sin excesos, y socialmente cohesionado.
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