martes, 21 de septiembre de 2010

Agoniza la izquierda

Es todo un fenómeno político sin precedentes, aunque esté sucediendo lentamente. Poco a poco, como afirmaba hoy El País en sus páginas de Internacional, la socialdemocracia retrocede más y más en la vieja Europa. Más bien agoniza. La otrora ideología dominante, la de Mitterrand y Felipe, Schröder y Blair, se diluye poco a poco en una crisis que marcará un antes y un después en el devenir económico y político de nuestro continente. Hoy sólo Grecia, Portugal, Austria, Eslovenia, Chipre y España mantienen gobiernos de centro-izquierda, la mayoría fuertemente denostados como en el caso de nuestro país.

Los motores de la Unión Europea están gobernados por partidos de derecha o centro-derecha: conservadores y liberales en UK, democristianos y liberales en Alemania, conservadores populistas en Francia e Italia, etcétera. Holanda, Bélgica, Polonia, Hungría, Dinamarca y Suecia han revalidado recientemente también su apoyo a ejecutivos más o menos ortodoxos liberales y conservadores desde su vertiente moral. En conclusión, un panorama desolador para la izquierda, si bien es cierto que la más extrema está colmando parte del espacio abandonado por la socialdemocracia, valga como ejemplo el previsible ascenso de IU en España, así como de toda una pléyade de partidos verdes y poscomunistas en la mayoría de los estados.

La socialdemocracia (o el socialismo, como decimos en el sur de Europa) ha perdido la batalla, frente al liberalismo. No obstante, para ser justos, hemos de notar que parte de la impronta de la izquierda ha quedado fosilizada en los cimientos de nuestros estados de bienestar, que hace que las soluciones que plantea la derecha no sean las mismas que las que planteaban a mediados del siglo pasado. Pero urge una reforma de este sistema de protección social, evitando fraudes y solucionando deficiencias. Se tiende hacia menos Estado y más sociedad civil para salir de la crisis y evitar próximas recesiones del calibre de la presente. Tarde o temprano, todos los gobiernos se ven abocados a recortar gastos, reformar el sector público, liberalizar mercados, empezando por el de trabajo y reducir las prestaciones menos imprescindibles. Es decir, para salir de la crisis, "pico y pala", como hoy ha dicho Esperanza Aguirre, una de las pocas políticas locales que verdaderamente conoce las recetas económicas que España necesita.

El contribuyente acomodado al Estado protector se va dando cuenta de que es insostenible y ya no escucha los cantos de sirena de quienes insisten en su persistencia tal y como está. Quiere pagar menos impuestos, aún renunciando a seguir extendiendo la red de prestaciones estatales. Aunque no lo parezca, también el contribuyente español, en el seno de una sociedad adormilada por políticas intervencionistas durante cincuenta años. Dos ejemplos claros: el hecho de que pocos duden hoy de la necesidad de elevar la edad de jubilación o el descrédito creciente de los sindicatos.

Como vengo manteniendo, es imposible aplicar una política liberal pura, no podemos prescindir de un día para otro de lo público, si bien son los principios liberales, la ortodoxia en la gestión de las cuentas públicas, el no vivir por encima de nuestras posibilidades, el recuperar el trabajo y el esfuerzo como motores de la economía, la formación de los jóvenes, el primar la iniciativa privada empresarial, la adaptación a una sociedad postindustrial, los ejes que deben marcar cualquier política de aquí en lo sucesivo. La socialdemocracia ya sólo es un problema para el progreso, y los ciudadanos lo saben.

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