viernes, 5 de noviembre de 2010

¿Incoherencia o mal menor?

Monarquía o república, ésa es la cuestión, el eterno debate. Siempre lo he considerado totalmente accesorio, y más en tiempos de crisis. Es simbólico, pero no deja de ser un detalle nimio en la estructura del Estado dadas las escasísimas funciones (casi nulas) del nominativamente jefe del mismo. Sin embargo, un amigo cercano, liberal pero bastante más progresista que otra cosa, me reprochó hace pocos días que no podía presumir de liberal y demócrata y no dar la batalla en pro de una república en España. En un principio respondí a la provocación de mi interlocutor cuestionando cruelmente lo que recién había planteado, citando ejemplos como Reino Unido u Holanda, pero después me di cuenta de que era una cuestión compleja de la que no debía escapar.

La verdad es que SM Don Juan Carlos me cae simpático. Lo mismo me ocurre con el príncipe heredero y con su esposa (me confieso absolutamente letizista, será porque es periodista y los tiene bien puestos). En general, es una familia agradable y eso es fundamental en el hecho de que no molestan, no son excesivamente derrochones, no protagonizan escándalos fuera de lo normal. Son una parte más de la sociedad rosa española, como puedan ser la duquesa de Alba, Carmen de Bordiú o la Pantoja. Y se conciben más desde esa óptica que como los miembros de la familia del titular de la corona.


Además, el monarca simboliza, junto con la Constitución, la estabilidad institucional que hemos disfrutado en este país en los últimos 32 años, llevándose injustamente los méritos que pertenecen a toda una generación. No obstante, no ocurre absolutamente nada porque una persona (mejor dicho una institución encarnada en un individuo) se considere un símbolo tan valioso como la bandera o el himno, es más, creo que humaniza y pone una cara concreta a lo común.


De cualquier forma, un razonamiento frío y abstracto impide a todo liberal admitir que una familia goce de cualquier tipo de privilegios frente al resto y a todo demócrata soportar que la primera magistratura del Estado no pueda ser electiva mediante la libre expresión de la soberanía nacional. De esto no cabe duda. Además, es ridículo apelar a la tradición para defender la monarquía en España, puesto que la inestabilidad ha sido la tónica dominante de nuestra historia reciente, y aunque los dos intentos republicanos fueron un absoluto fracaso, los períodos monárquicos tampoco consiguieron consolidarse ni dar lugar lentamente a un proceso democratizador comparable al inglés. Nuestra monarquía actual es especial, coyuntural, y como tal, podría ser revisada.


Pongámonos en el hipotético caso en el que se hiciera una reforma mínima y conservadora que simplemente sustituyera la figura del Rey por la de un Presidente de la República, con sus mismas funciones y elegido mediante un procedimiento cual sea de democracia directa u indirecta. A priori se habrían superado los problemas de legitimidad democrática arriba indicados, pero a mi parecer, se habría creado innecesariamente otro de gran calado.


La sociedad española está, y probablemente seguirá estando por un tiempo, absolutamente polarizada, entre izquierda y derecha, entre fuerzas centrípetas y fuerzas centrífugas. Incluir en la gresca política a una institución llamada a poner la guinda que represente a todos, también en el exterior, solo provocaría un considerable aumento de la crispación política, así como un escenario perfecto para posibles crisis institucionales al estilo de la italiana.


La figura del monarca, con todas sus imperfecciones, anacronismos y críticas imaginables, soluciona este problema de forma temporal y nos permite centrarnos en aspectos mucho más importantes para la sostenibilidad de la nación y el bienestar de los ciudadanos. Se puede constatar en reiteradas encuestas del CIS que la corona es una de las instituciones más valoradas por los ciudadanos, la mayoría no duda de que el actual Rey está cumpliendo con sus funciones de una forma buena o muy buena. Lo mismo ocurre con el Príncipe de Asturias, quien ha dedicado su vida para ser Rey y ha demostrado suficientemente que está preparado para serlo en cualquier momento. Siguientes líneas sucesorias quedan demasiado lejos para entrar en hacer cábalas al respecto.


Por tanto: sí, es muy importante que una sociedad liberal no permita ningún tipo de privilegios otorgados por el Estado. Sin embargo, para conseguir este desiderátum habría que hacer una reforma de tal calado que sólo afrontaría otra España. La actual, la de Belén Esteban y Enric Sopena, el alcalde de Valladolid, Intereconomía y Pepiño, desde luego no. Además, me niego a defender una república tristemente asociada a ideologías totalitarias de izquierda y que hoy sólo pone sobre la mesa (bueno, sólo la de Público) ese grupúsculo anárquico que el polémico, pero muy agudo Federico Jiménez Losantos llama con no poca mala leche "Izquierda Hundida." No obstante, sin dogmatismos ni complejos, debemos todos fomentar este debate de monarquía o república en la sociedad civil, de forma que si algún día existe un clamor popular innegable y mayoritario ante una mala administración del Rey de sus funciones o cualquier otra eventualidad, seamos los ciudadanos y no los políticos quienes decidamos prescindir de él. De momento, yo solo puedo decir ¡viva Letizia!

2 comentarios:

silvia :) dijo...

Hola Adrián, me ha gustado mucho lo que has escrito. Estoy estudiando periodismo y la verdad que este tema siempre me ha parecido interesante, y como tú, cuando me reuno con algunos amigos, que por lo general suelen ser republicanos, salta este debate. Decirte que me ha impresionado mucho tus argumentos y que he aprendido bastante de ellos. Un saludo!!!

silvia :) dijo...

por cierto, te sigo